Siento seguir escribiéndote, en prosa y en verso, como si no
fueras ya lo suficientemente inalcanzable para mí.
Nunca te lo había dicho, pero el amor, la atracción, las
relaciones no deberían ser como andar sobre cristal. No debería tener que coger
todas mis partes rotas y organizarlas para convertirlas en una vidriera.
Yo quería que te enamoraras de mis colores, que fueras más
allá y me colgaras en tu cocina junto a esas pinturas que le encantaban a tu
madre. Yo estaba buscando un hogar. Siento haber podido pensar que lo había encontrado
en tus ojos, pero tengo que confesarte que aun tengo la manía de quedarme a
dormir en ellos todas las noches. La próxima vez te prometo que reservaré habitación
porque tú no eras hogar, eras un motel de paso.
Y aunque no quieras escucharme, te sugiero que compres una
casa más pequeña. Todo es cuesta arriba desde aquí y ya no hay ropa tuya
colgada en el armario ni he podido encontrar tu colonia en el baño. Además estoy
aprendiendo a cerrar las puertas.
Mis pulmones están llenos de polvo de no gritar tu nombre. También
debo decirte que por las noches hablo conmigo misma por lo que estos días tu
nombre rara vez ha salido de mi boca pero siempre está ahí acechándome para
poder ver el sol.
Por último, quiero celebrar que hoy ha sido el primer día
que me he despertado y no he comprobado si te seguía llevando en la piel, será
porque las personas como tu se te meten en las venas.
Bueno, la verdad es que te estoy relegando a la poesía con
la esperanza de que, con el tiempo, este, sea el único lugar en el que
permanezcas.